The National Times - Radares: ¿una estafa descarada o una necesidad?

Radares: ¿una estafa descarada o una necesidad?


Radares: ¿una estafa descarada o una necesidad?
Radares: ¿una estafa descarada o una necesidad?

Alemania vuelve a debatir con creciente intensidad una cuestión que hace tiempo que ha dejado de ser un mero tema de tráfico: ¿son los radares de velocidad en realidad un cómodo instrumento de financiación para ciudades y municipios con problemas económicos, o son un medio necesario para proteger la vida en las carreteras alemanas? La indignación de muchos conductores no es casual. Quien ve que los municipios recaudan millones por infracciones de velocidad y de semáforos en rojo, mientras que al mismo tiempo se quejan de restricciones presupuestarias, déficits y agujeros en los presupuestos, rápidamente tiene la impresión de que aquí no solo se vigila, sino que, sobre todo, se recauda. Precisamente esta sospecha ha avivado aún más el debate en los últimos meses.

De hecho, las cifras hablan por sí solas. En una evaluación reciente de las grandes ciudades alemanas, numerosos municipios volvieron a obtener ingresos millonarios gracias a la vigilancia del tráfico. Es especialmente llamativo que no solo algunos casos aislados registran cantidades elevadas, sino que en muchas ciudades se ha establecido un nivel de ingresos lucrativo de forma permanente. Esto es políticamente delicado, porque, aunque las multas se justifican desde el punto de vista normativo, muchos ciudadanos las perciben desde hace tiempo como un elemento fijo de la planificación financiera municipal. La desconfianza crece aún más cuando las ciudades se refieren a la seguridad, pero al mismo tiempo no establecen una separación clara entre la prevención y el efecto recaudatorio.

Hamburgo es un ejemplo paradigmático de esta tensión. Las cifras disponibles actualmente muestran la dimensión que ha alcanzado la vigilancia del tráfico. Solo en 2024, los controles de velocidad fijos y móviles aportaron casi 47 millones de euros a las arcas municipales. La mayor parte procedía, con diferencia, de los controles móviles, mientras que los fijos aportaron una cantidad considerablemente menor, pero aún así de dos dígitos en millones. A esto se sumaron los ingresos procedentes de la vigilancia fija de los semáforos en rojo. Incluso al año siguiente, la ciudad se mantuvo en un nivel muy alto: solo por infracciones de velocidad se recaudaron de nuevo más de 40 millones de euros. Quien lee estas cifras comprende inmediatamente por qué el término «estafa» ya no es una exageración polémica para muchas personas, sino una constatación percibida.

A esto se suma un segundo punto que agrava las críticas: en muchas ciudades, estos ingresos no se destinan específicamente a mejorar la seguridad vial, sino que se incorporan al presupuesto general. Esto no es sorprendente desde el punto de vista jurídico, pero sí explosivo desde el punto de vista político. Porque quien espera que el dinero de los radares se invierta automáticamente en caminos escolares seguros, remodelaciones de cruces, mejor iluminación, carriles bici o protección contra accidentes, a menudo se equivoca. Para los ciudadanos, esto crea una imagen fatal: el municipio mide, recauda y contabiliza, pero a menudo no queda claro si los ingresos se destinan de forma visible a los puntos peligrosos del tráfico. Cuando falta transparencia, crece la sospecha de que un instrumento de seguridad legítimo se ha convertido sigilosamente en un modelo de negocio fiscal.

La situación se vuelve especialmente delicada cuando el efecto secundario financiero ya no pasa desapercibido, sino que aparece abiertamente en los debates sobre la consolidación. Un caso reciente en Halle an der Saale ilustra precisamente este problema. Allí, el plan de consolidación presupuestaria prevé ingresos adicionales procedentes de la vigilancia del tráfico. El año pasado, los ingresos ya ascendieron a millones, y ahora se prevé que se sumen más cantidades. Al mismo tiempo, se subraya oficialmente que el objetivo principal sigue siendo la seguridad vial. Precisamente este doble mensaje es el núcleo del problema: en cuanto una ciudad promete más seguridad, por un lado, pero, por otro, cuenta abiertamente con mayores ingresos, cada nuevo sistema de medición se convierte en un tema políticamente explosivo.

Tamaño del texto:

Sin embargo, sería demasiado simplista descartar el asunto como una mera estrategia fiscal descarada. Porque tan real como los millones recaudados en multas es el peligro que supone conducir a una velocidad excesiva o inadecuada. Las cifras actuales de accidentes en Alemania demuestran claramente que la velocidad sigue siendo uno de los factores de riesgo más graves en el tráfico rodado. La velocidad inadecuada o excesiva sigue siendo una de las causas más importantes de accidentes mortales de tráfico. Cada año mueren cientos de personas en accidentes en los que la velocidad juega un papel decisivo y decenas de miles resultan heridas. Quienes concluyen que los radares son innecesarios o que son simplemente una herramienta de represión ignoran esta realidad.

Precisamente por eso, el aspecto de la seguridad en el debate es más importante de lo que muchos críticos quieren admitir. Cuando se incumplen los límites de velocidad, el riesgo no solo afecta al propio conductor. También se ponen en peligro los niños en los cruces, las personas mayores en los semáforos, los ciclistas en las vías urbanas y los peatones en el denso tráfico de la ciudad. Especialmente en las zonas urbanas, unos pocos kilómetros por hora por encima de la velocidad permitida pueden marcar la diferencia entre un choque leve y uno mortal. En este sentido, los radares no son solo dispositivos técnicos, sino un medio de aplicación de la normativa estatal en lugares donde las infracciones pueden tener consecuencias inmediatas para la vida y la integridad física de otras personas.

Las cifras de Berlín también muestran por qué no se deben descartar a la ligera los argumentos de seguridad. En 2025 se llevó a cabo una vigilancia masiva, se realizaron miles de controles específicos y se detectaron más de cuatro millones de infracciones. Al mismo tiempo, el número de heridos graves y fallecidos se redujo considerablemente. Esto no demuestra una relación lineal simple del tipo «más radares equivalen automáticamente a más seguridad». La política de tráfico no funciona de forma tan sencilla. Pero demuestra que la vigilancia sistemática en las grandes ciudades no es un tema marginal, sino parte de una estrategia global contra las conductas peligrosas en el tráfico rodado. Quienes afirman que los controles son inútiles por principio difícilmente pueden explicar esta evolución de forma convincente.

Cabe destacar además que la opinión pública no se muestra tan claramente en contra de los controles más estrictos como a menudo sugiere la indignación expresada en las redes sociales. Una encuesta representativa reciente realizada entre conductores muestra que casi uno de cada dos está a favor de controles de velocidad más frecuentes. Casi el mismo número se muestra a favor de más controles de semáforos en rojo, y una mayoría incluso desea sanciones más severas. Esto no significa que a la gente le guste pagar multas. Sin embargo, sí significa que una parte considerable de la población distingue entre los controles molestos y la necesaria aplicación de las normas de tráfico. Por lo tanto, la situación social es más contradictoria de lo que sugieren las estridentes indignaciones de muchos eslóganes.

Precisamente por eso, la pregunta generalizada «¿estafa o seguridad?» solo lleva a conclusiones limitadas. La pregunta decisiva es más bien: ¿dónde están los radares, por qué están allí, cómo se comprueba su eficacia y con qué transparencia gestionan los municipios los ingresos? Si los dispositivos de medición se colocan de forma comprensible en puntos negros, delante de colegios, en zonas de velocidad limitada a 30 km/h o en cruces peligrosos, su legitimidad es fuerte. Sin embargo, si las ciudades incluyen de forma permanente los elevados ingresos en el presupuesto general, vinculan la capacidad de medición adicional con los ingresos adicionales esperados y, al mismo tiempo, no demuestran claramente la mejora en la seguridad, entonces dañan la credibilidad incluso de los controles más sensatos.

Por lo tanto, el verdadero escándalo no son los radares en sí mismos. El verdadero escándalo comienza cuando los políticos no separan claramente la seguridad y los ingresos. Quien quiera que se acepten, debe revelar los criterios según los cuales se seleccionan las ubicaciones, la evolución de los accidentes antes y después y el destino final del dinero.

Sería una señal muy positiva que los municipios destinaran una parte significativa de los ingresos a medidas concretas de seguridad vial. Mientras esto no ocurra en muchos lugares, seguirá habiendo motivos para sospechar que, como mínimo, también influyen intereses financieros.

Por lo tanto, la conclusión es ambivalente. Sí, la acusación de estafa es comprensible cuando se destinan millones a los presupuestos generales, los municipios calculan abiertamente los ingresos adicionales procedentes de los radares y la comunicación política suena más a situación financiera que a prevención de accidentes. Sin embargo, sería igualmente erróneo denunciar de forma refleja todos los radares como meras máquinas de imprimir dinero. El peligro que supone el exceso de velocidad es simplemente demasiado grande y las cifras de accidentes son demasiado graves. Los radares son útiles y necesarios cuando se puede demostrar que aumentan la seguridad. Se convierten en un problema cuando los políticos tratan el mismo dispositivo como una ayuda silenciosa para el presupuesto. Entre la aplicación legítima de las normas y el abuso fiscal no existe una frontera técnica, sino política, y es precisamente en esta frontera donde se decide si los ciudadanos ven protección o sienten estafa.

Destacadas

Toyota bZ7: Lujo eléctrico en China

El Toyota bZ7 está revolucionando el segmento de las berlinas eléctricas de lujo en China. Desarrollado conjuntamente por Toyota y GAC, este sedán de cinco metros está reservado por ahora al mercado chino y mide unos 5.130 mm de longitud y 1.965 mm de anchura, dimensiones similares a las de un Tesla Model S. La gama arranca en 147.800 yuanes (aproximadamente 21.500 dólares o 19.900 euros) y llega a 199.800 yuanes según la versión.El bZ7 apuesta por la tecnología. Incorpora el sistema HarmonyOS 5.0 de Huawei en una pantalla táctil flotante de 15,6 pulgadas, un cuadro digital de 8,8 pulgadas y un head‑up display de 27 pulgadas. El control por voz reconoce distintas zonas y comandos, manteniendo botones físicos para funciones esenciales. El paquete de ayudas a la conducción R6 de Momenta combina LiDAR y 26 sensores para ofrecer navegación autopilotada en carretera y ciudad y estacionamiento automático sin cuotas de suscripción.El interior ofrece asientos ventilados, calefactados y con masaje; las plazas delanteras utilizan un diseño de gravedad cero para maximizar el confort. Una suspensión neumática de doble cámara con un sistema de pre‑escaneo de la carretera garantiza una conducción suave.

AC Schnitzer: Cuando los preparadores de culto se callan

El final anunciado de AC Schnitzer para el cierre de 2026 es mucho más que la desaparición de una marca conocida dentro del mundo del tuning. Es una señal de alarma con un alcance muy superior al de la comunidad de aficionados de BMW. Cuando una empresa que durante décadas simbolizó la preparación deportiva de BMW, las llantas forjadas, las mejoras de chasis, los sistemas de escape y una forma muy alemana de entender la pasión por la ingeniería deja de poder operar de manera rentable en Alemania, el asunto ya no afecta solamente a una firma concreta. Pasa a convertirse en una cuestión sobre el propio emplazamiento industrial y automovilístico de Alemania. Por eso AC Schnitzer se ha transformado en un caso emblemático: uno que refleja pérdida de competitividad, una estructura de costes cada vez más difícil de sostener y la impresión creciente de que la política reacciona tarde, con vacilación y sin la contundencia necesaria.Ahí reside precisamente la carga emocional del tema. AC Schnitzer nunca fue solo un vendedor de piezas. Representó toda una cultura de la personalización: una mezcla de cercanía estética a la fábrica y una dosis de rebeldía deportiva. Para muchos entusiastas de BMW, la marca formaba parte del paisaje automovilístico alemán: Aachen, BMW, ecos del automovilismo, programas completos de vehículo, llantas características, componentes aerodinámicos, aumentos de potencia y modelos especiales con una fuerte identidad propia. En ese sentido, el final de AC Schnitzer no es únicamente una historia de balances. También es la pérdida de un fragmento de identidad industrial.Las razones del cierre resultan especialmente reveladoras porque exponen exactamente la cadena de problemas de la que la industria alemana lleva años hablando. En el centro aparece una combinación tóxica de costes crecientes de desarrollo y producción, procedimientos de homologación lentos, presión competitiva internacional y cambios en la demanda. El punto más duro es la crítica a la duración del sistema alemán de aprobación. Si las piezas posventa llegan al mercado muchos meses después que las de los competidores extranjeros, un especialista de nicho pierde lo que más necesita: tiempo, visibilidad y margen. A esto se suman materias primas más caras, tipos de cambio volátiles, problemas con proveedores, aranceles en mercados importantes, un consumo contenido y el retroceso gradual del motor de combustión como núcleo simbólico de la cultura del tuning. AC Schnitzer no describe, por tanto, un problema aislado, sino una concentración de cargas estructurales.

Maybach: Entre el esplendor y un punto de inflexión

La nueva Mercedes-Maybach Clase S es mucho más que una puesta al día minuciosa de una gran berlina de lujo ya conocida. Llega en un momento en el que Mercedes está reforzando la parte más alta de su gama, renovando a fondo la Clase S y ampliando Maybach como un universo de lujo propio que ya no se limita a la berlina con chófer, sino que también abarca un SUV eléctrico y un roadster de carácter exclusivo. Por eso este modelo tiene un peso especial. La nueva propuesta quiere ser más digital, más personalizable y más visible en su lujo, sin renunciar a aquello que define a Maybach desde hace tiempo: silencio, espacio, comodidad y presencia.El diseño exterior deja clara esa intención desde el primer vistazo. La carrocería sigue siendo una figura imponente, de alrededor de 5,48 metros de longitud, pero ahora la puesta en escena es todavía más enfática. La parrilla crece, la luz se convierte en un recurso expresivo, los emblemas Maybach ganan protagonismo y las nuevas llantas refuerzan la sensación de autoridad visual. Incluso los detalles aparentemente menores, como las proyecciones al abrir la puerta o los matices en tono oro rosado dentro de los faros, transmiten la idea de que aquí el lujo no solo se posee, sino que se representa. Quien prefiera una lectura más oscura y más teatral también la encontrará. No es un diseño basado en la discreción, sino en el efecto calculado.En el interior, Mercedes deja todavía más clara su interpretación del lujo en 2026. La nueva Mercedes-Maybach Clase S incorpora el gran Superscreen, introduce MB.OS en el universo Maybach y combina el despliegue digital con una cuidada escenografía material. La zona trasera sigue siendo el auténtico corazón del coche. Los asientos Executive, la orientación al uso con chófer, el enorme espacio disponible, las pantallas posteriores de mayor tamaño y una larga lista de detalles de confort construyen la sensación de un salón privado sobre ruedas. Al mismo tiempo, Maybach se abre a una definición más amplia de la exclusividad. La presencia de un interior sin cuero, realizado con lino y poliéster reciclado, muestra que el lujo ya no se identifica únicamente con la opulencia tradicional, sino también con la selección de materiales, la textura y una individualización cuidadosamente diseñada.

El nuevo VLE eléctrico de Mercedes: ¿Precio y prestaciones?

Mercedes no se limita a llevar la Clase V a la era eléctrica; está cambiando la naturaleza misma del modelo. Con el VLE, el conocido vehículo de pasajeros se convierte en algo mucho más cercano a una gran limusina sobre ruedas. Ahí reside el verdadero sentido de este relanzamiento. A partir de ahora, Mercedes separará con más claridad el VLE, situado en una órbita próxima a la Clase E, del todavía más lujoso VLS, llamado a ocupar la parte más alta de la gama. El reinicio, por tanto, no mira solo a las familias europeas o a los traslados de hotel, sino a un mercado global en el que las grandes vans de lujo son desde hace tiempo un símbolo de estatus.El salto técnico está a la misma altura de esa ambición. El VLE estrena una arquitectura eléctrica específica para vans y reúne precisamente los elementos con los que Mercedes quiere asociar hoy sus productos más refinados: sistema de 800 voltios, carga ultrarrápida, suspensión neumática, eje trasero direccional, un puesto de conducción mucho más digital y un habitáculo que quiere sentirse más como una sala privada que como una furgoneta tradicional. Hasta ocho plazas, una zona trasera muy configurable, mucho espacio útil y una capacidad de remolque notable quieren demostrar que esto no es solo una puesta en escena. Mercedes aspira a borrar el viejo compromiso: que el coche pueda ser a la vez shuttle ejecutivo, vehículo familiar, automóvil de viaje y objeto de prestigio.Por eso la autonomía se convierte en la gran prueba de credibilidad. Sobre el papel, el conjunto impresiona: batería grande, plataforma eléctrica moderna, buena aerodinámica, carga rápida y una clara voluntad de transmitir solvencia en trayectos largos. Todo ello respalda la idea de que la cifra oficial no es solo un recurso publicitario. Aun así, sería un error leerla como una garantía de uso real en cualquier circunstancia. Un vehículo de este tamaño parte ya de un peso muy elevado en vacío, y las versiones más pesadas aumentan todavía más la masa total. Si a eso se suman pasajeros, equipaje, frío, climatización, llantas grandes y ritmos altos en autopista, la cifra homologada caerá de forma inevitable. El VLE no derrota a la física; lo que hace es demostrar hasta qué punto la tecnología actual puede amortiguar los inconvenientes clásicos de un eléctrico grande.

Tamaño del texto: